29
Jan

Cuento nº 4

LOS CUENTOS DE NUNCA ACABAR… 04

Experto en cuestiones que no sirven para nada.

Una vez monté a caballo con la intención de aprender. Pero cuando me bajé del caballo pensé que eso no era bueno, ni para mí, ni para el caballo. No pude moverme en una semana sin que no me doliera algún hueso. Por eso el caballo no quería nada conmigo. Aun así tome varias clases hasta que troté y galopé pero muy mal. Lo dejé.

Hace muchos años viajaba a El Cairo con cierta frecuencia. Me hice allí de un gran amigo. Se llama Mahmoud Ramadán. Ahora no sé nada de él. Por la noche nos gustaba hablar. Solíamos tomar cerveza al pié de la pirámide de Keops. Después de varias cervezas siempre acabábamos haciéndonos la misma pregunta. Cómo se las arreglarían los que fueran para poner la última piedra, la de arriba, la más alta. No nos importaba nada el resto de piedras. Hasta un total de dos millones y pico de bloques de piedra que tiene la puñetera pirámide. Pero eso daba igual. Nos atormentaba la última. Mahmoud tenía un primo. Criaba caballos árabes de pura raza. Los establos estaban cerca de las pirámides. Un día fuimos a verlos por curiosidad. Nos sacó los mejores. Eran impresionantes. Como cabía esperar salió a relucir la famosa hospitalidad árabe. Me preguntó si sabía montar a caballo. Le dije que sabía trotar y hasta galopar. No me dejó acabar la frase. Me ensilló el mejor semental. Un animal nervioso. Cuando me monte en él temblábamos los dos. Yo de miedo y él de pura bravura. Una mala combinación. Pensé que eso no podía acabar bien. Fui muy inconsciente podía haberme matado. Pero no me maté. ¡Galopemos hasta la pirámide! me dijo. Luego gritó ¡Sígueme! y empezó a correr a toda velocidad. Mi caballo corría como una flecha sin yo mandarle nada. No me hacía ni caso. Corría en dirección contraria a la de mi acompañante. Tampoco paraba. Era incansable. Yo me mantenía encima del caballo milagrosamente concentrado en no caerme. Después de una hora me rescataron muy lejos de las pirámides. El caballo no me hacia caso.

Me compré un caballo. Aprendí a montar como si no hubiera hecho otra cosa en toda mi vida. Me pasaba los días montado en el caballo. Llegué a sentirme más cómodo encima de un caballo que en el sofá de mi casa. Adoraba a los caballos. Ellos y yo éramos uno. Me hice un experto jinete. Un día se lo conté a mi madre. Ella me preguntó que para qué servía ser experto en montar a caballo. La verdad es que nunca lo pensé. Supongo que para contarlo luego con orgullo. Para deslumbrar a alguna bella mujer. Estas cosas uno no las piensa cuando las hace. Como casi todo. Tengo un amigo muy castellano que sí se las piensa mucho. Pero tampoco le vale de nada. Él sabe que es cierto lo que digo.

Un día bajando por las escaleras del portal de mi casa sentí una ligera brisa perfumada. Seguro estaba que era de una mujer que pasó por allí unos segundos antes que yo. Corrí a ver si la alcanzaba. Hay perfumes que no decepcionan cuando se unen a una bellísima mujer. Así descubrí a la que hoy es mi esposa. Le seguí el rastro y al fin pude hablar con ella. Le conté todo lo que sabía bueno de mí. Pero no estaba seguro de haberla convencido. Faltaba algo que la impresionara. Entonces se me ocurrió contarle mis habilidades con los caballos. Eso no falla nunca. Le hablé tanto de ellos que hasta yo mismo me emocionaba contándolo. Después de mucho rato hablando suspiré satisfecho y me callé. Esperé su reacción.  Me dijo que era alérgica a los caballos. Que no podía acercarse a nadie que estuviera con caballos.

Así fue. Sin remedio me hice experto en cuestiones que no sirven para nada.

Copyright 2012 © Samuel Perea

  • 16:04 / 07 September 14 Inma Vegas
    Me encanta todo lo que escribes. Esa facilidad para plasmar los pensamientos profundos y también los cotidanos y efímeros. El cómo describes momentos del sentir, del vivir, del existir. Un abrazo Samuel, eres una persona admiralble. Inma Vegas
  • 16:04 / 07 September 14 Inma Vegas
    Me encanta todo lo que escribes. Esa facilidad para plasmar los pensamientos profundos y también los cotidanos y efímeros. El cómo describes momentos del sentir, del vivir, del existir. Un abrazo Samuel, eres una persona admiralble. Inma Vegas
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